Fecha de actualización: Miércoles 18 de octubre de 2017
Escuchar a gente con grandes historias de vida es inspirador... a veces. Porque, en la mayoría de los casos, a los que no tienen su mismo espíritu los frustran al sentirse incapaces de alcanzar objetivos grandiosos. Y, en algunos más, los confunden al tratar de aterrizar unos conceptos que en su día a día son difícilmente aplicables si no hay alguien que te ayude a aplicarlos. Y no suele haber nadie, ciertamente, después de dar una conferencia, cobrar e irse.
La antítesis la encontramos en la mítica película Karate Kid -comentario no apto para millenials-. Allí, Noriyuki Pat Morita, encarnado en el señor Miyagi, accede a enseñar artes marciales a su discípulo Daniel Larusso. Pero, en lugar de vestirle con un kimono, le conmina a limpiar sus coches y pintar sus vallas. Ralph Macchio acaba explotando un día, incapaz de entender nada. Y en ese momento su maestro le lanza un ataque, que instintivamente consigue repeler con los movimientos mecanizados en los días anteriores. Sin saberlo, había adquirido los conocimientos por una vía poco convencional.
José Manuel Simarro podría encarnar perfectamente al profesor de Okinawa. Sin aspecto intimidante. Sin presumir de historia personal. Sin entrenamiento en oratoria. Pero con una visión que ha cambiado en muchas compañías la sensación de que invertir dinero en cursos de riesgos laborales era aburrido, infructuoso y contraproducente.
El Mundo
Consultado el: 18/10/17